y su proverbial sandez

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Justo Gallego

14:36 Posted by Martín Caño 4 comments

La foto la tomé yo mismo hace unos años, y corresponde a un pequeño altar de una catedral en construcción en la localidad madrileña de Mejorada del Campo. Podría considerarse lo que vemos en la imagen como la cosa más cutre y peor cuidada de cuantas tiene la iglesia por todo el mundo, pero si vemos la historia del lugar, cambiaremos de opinión, seguro, y consideraremos el sitio como Lugar Santo, aunque no seamos religiosos.

Me voy a resistir a echarle el inevitable vistazo a Wikipedia y hablaré según lo que dice mi maltrecha memoria. Un hombre, Justo Gallego Martínez, estaba predestinado a la vida religiosa, y por ello, en su juventud, entró en un seminario, pasando muchos años de duros sacrificios. Cuando no faltaba demasiado para ser ordenado sacerdote, la cosa se frustró, pues contrajo tuberculosis, y Justo tuvo que abandonar su sueño. Su vida dedicada a la iglesia tocaba a su fin.

Pero Justo no era hombre que se dejase vencer fácilmente, y como buen hombre de campo, empeñó su trabajo, su bien más preciado, en hacer un templo dedicado a la Virgen del Pilar. Y se embarco en tal empresa él solo. Era su regalo, su vida. Después de 40 años trabajando en la construcción de la catedral y de solventar infinidad de problemas, generalmente burocráticos, la catedral de Justo apenas si avanza, y siempre que se le pregunta, Justo dice que quizá en un par de años termine la obra. A Justo le ayuda poca gente, algún familiar esporádicamente, y poco más.

Cuando uno va a la catedral de Justo, no va a ver una construcción magnífica, de hecho se ve una cosa bastante caótica e incluso chapucera, pero todos hemos quedado maravillados porque lo que allí vemos es fruto únicamente del esfuerzo de una persona, de su trabajo y sacrificio. Justo ha sacrificado su vida en pos de un sueño religioso. Allí se respira algo diferente, y no es raro colocarte en la puerta y ver salir a decenas de personas con lágrimas en los ojos, emocionadas. Ver a Justo, saltando de un lado a otro, subiéndose en andamios, con sus 85 años, acarreando material de un lado a otro, le hace a uno admirar a esa persona, y sobre todo su fe.

Pero quizá lo que más acongoja a todos es la intuición, la casi certeza de que el Gran Hombre no terminará jamás su obra, su vida.